
Descubierta la Base Extraterrestre del Monte Hayes en Alaska
Foto de Paola Koenig en Pexels
La Cicatriz de Alaska: Visión Remota y la Base Extraterrestre Oculta en el Monte Hayes
En la inmensidad helada de Alaska, una tierra de cumbres indómitas y silencios milenarios, se yergue una montaña que guarda un secreto tan profundo como el permafrost que la recubre. Su nombre es Monte Hayes, aunque en ciertos círculos se le conoce como el Monte Perdido. Cerca de las controvertidas instalaciones del proyecto HAARP, este gigante de roca y hielo ha sido señalado como el emplazamiento de algo que desafía nuestra comprensión de la realidad: una base extraterrestre activa. Esta no es una simple leyenda urbana nacida en los foros de internet. Es una historia que se remonta a los días más oscuros de la Guerra Fría, a un proyecto gubernamental secreto y a la mente de un hombre que vio demasiado. Hoy, en Blogmisterio, nos adentraremos en las profundidades de este enigma, conectando un documento desclasificado de 1973 con una extraña anomalía visible en nuestros mapas satelitales actuales. Prepárense para un viaje a los límites de la percepción, donde el espionaje psíquico destapó una verdad que el mundo quizás no estaba preparado para conocer.
El Amanecer de los Espías Psíquicos: El Proyecto Stargate
Para comprender la magnitud de lo que se esconde en el Monte Hayes, primero debemos viajar en el tiempo a la década de 1970. El mundo estaba dividido por el Telón de Acero, y la Guerra Fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética no solo se libraba con misiles y submarinos, sino también en el terreno de lo invisible: la guerra psicológica y el espionaje. Ambas superpotencias estaban inmersas en una carrera armamentística psíquica, explorando el potencial de las capacidades humanas no convencionales para obtener una ventaja estratégica.
En este clima de paranoia y secretismo, la CIA y la Agencia de Inteligencia de la Defensa (DIA) de Estados Unidos financiaron una serie de programas de investigación en el Instituto de Investigación de Stanford (SRI). Estos programas, conocidos bajo diversos nombres en clave como Scanate, Grill Flame, y finalmente popularizados como Proyecto Stargate, tenían un objetivo asombroso: desarrollar y militarizar la visión remota.
¿Qué es la visión remota? No se trata de una simple premonición o un vago presentimiento. Es un protocolo estructurado, una metodología diseñada para permitir que un individuo, el visor, perciba información sobre un lugar, persona u objeto distante, oculto a la percepción sensorial ordinaria. Los visores no entraban en trance ni leían bolas de cristal. Se les proporcionaba únicamente una serie de coordenadas o un «target» encriptado y, a través de un estado de concentración profunda, describían y dibujaban lo que «veían» en su mente.
El programa reclutó a individuos con un talento natural para estas habilidades. Figuras como el artista Ingo Swann, considerado el padre del protocolo de visión remota, y el militar Joe McMoneagle, se convirtieron en leyendas dentro de la comunidad de inteligencia. Entrenaron sus mentes para viajar más allá de las barreras del espacio y el tiempo, espiando bases de misiles soviéticas, localizando submarinos perdidos y describiendo instalaciones secretas al otro lado del mundo. La narrativa oficial, desclasificada en 1995, admite que el programa existió y que, aunque los resultados eran a veces impresionantes, se consideraron demasiado inconsistentes para un uso operativo fiable. Por ello, se le dio «carpetazo».
Pero esa es solo la superficie de la historia. Dentro de este selecto grupo de espías psíquicos había un hombre que no se limitó a buscar objetivos militares. Era un excomisario de policía llamado Pat Price, y sus visiones trascendieron la Guerra Fría para revelar un conflicto mucho más antiguo y extraño. Un conflicto que no se libraba entre naciones, sino entre mundos.
Pat Price: El Hombre que Dibujó los Secretos del Cosmos
Pat Price no era un místico ni un soñador. Era un hombre pragmático, con la mentalidad procedimental de un agente de la ley. Su tono en los informes desclasificados no es febril ni especulativo; es el de un observador que simplemente reporta lo que ve en las coordenadas asignadas. Y lo que vio hizo temblar los cimientos del programa y, posiblemente, de la propia seguridad nacional estadounidense.
En una serie de sesiones fechadas en 1973, bajo el paraguas del «Proyecto 8200», a Price se le asignó un objetivo en Alaska. Lo que describió no era una instalación soviética, sino algo completamente ajeno a este mundo. En las páginas de su informe, esbozó con una precisión inquietante una base subterránea construida en la cara norte del Monte Hayes, a una altitud de aproximadamente 11,200 pies (unos 3,413 metros).
Sus descripciones son tan detalladas que parecen extraídas del manual de un ingeniero. Price dibujó una cavidad de lanzamiento excavada directamente en la roca volcánica, diseñada para el despliegue de vehículos. Describió una sala de control interna equipada con una tecnología que llamó «equipos de coincidencia de patrones de onda». Relató la existencia de una gran antena con forma de caja situada en la misma cima de la montaña. Décadas después, investigadores y curiosos, armados con herramientas como Google Earth, se dirigieron a las coordenadas implícitas en los escritos de Price. Lo que encontraron fue escalofriante: en la ladera de la montaña, justo donde la lógica situaría una entrada oculta, se puede observar una anomalía, un «parche» de forma extrañamente artificial que desentona con la geología circundante. Una cicatriz geométrica en la faz de la naturaleza que parece desafiar una explicación convencional. ¿Podría ser esta la entrada a la base que Price describió hace medio siglo?
La visión de Price iba mucho más allá de la simple arquitectura. Describió al personal de la base. No eran humanos. Eran, según sus palabras, «humanoides» de piel pálida y anatomía alterada. Sus cuerpos estaban adaptados a un entorno diferente, con cámaras cardíacas reforzadas y un tejido pulmonar inusualmente grueso. Price afirmó que estas entidades poseían capacidades psíquicas avanzadas, capaces de inducir el sueño o anular las funciones motoras de un ser humano a voluntad. Una descripción que resuena con los relatos de abducción y los encuentros cercanos del tercer tipo que han poblado la ufología durante décadas.
Una Red Global y un Conflicto Encubierto
El Monte Hayes no era una anomalía aislada. Price descubrió que era solo un nodo en una red global de bases extraterrestres interconectadas. Sus visiones lo llevaron a otros dos lugares clave en el planeta:
- Monte Inyangani, Zimbabue: Price describió esta ubicación no como una base operativa principal, sino como un centro de mantenimiento y logística. Un lugar lleno de componentes de repuesto, sistemas de soldadura avanzados que operaban en cámaras de vacío transparentes y tecnología para la reparación de sus naves.
- Monte Zeil, Australia: Esta base, según Price, funcionaba como un centro de descanso y rotación para el personal. Un lugar donde las unidades no humanas circulaban para recuperarse y prepararse para sus siguientes asignaciones.
La imagen que emergía de las sesiones de Price era la de una infraestructura global, oculta a plena vista, operando con una agenda completamente independiente de los gobiernos humanos. Pero, ¿cuál era esa agenda? Aquí es donde la revelación de Price alcanza su punto más impactante.
Según él, estas entidades no eran simples visitantes o exploradores. Eran parte de una «fracción disidente» que se había separado de la autoridad gubernamental de su mundo de origen, un lugar que él denominó «el planeta púrpura». Estos disidentes habían llegado a la Tierra y se habían infiltrado, mezclándose con el tráfico de su grupo principal. La Tierra, en la visión de Price, no era un paraíso a ser estudiado, sino una zona en disputa, un escenario secundario dentro de un drama político interestelar mucho mayor.
Esta facción disidente, afirmaba Price, era la responsable de muchos de los avistamientos de OVNIs, de los retornos de radar anómalos y de las maniobras aéreas erráticas que desconcertaban a los militares. No eran errores de pilotaje ni fenómenos naturales; eran las señales de una brecha encubierta, de una operación clandestina en nuestro propio planeta.
Interferencia Tecnológica y Control Mental
La parte más alarmante del informe de Price no es solo la presencia de estas bases, sino su capacidad de interactuar e interferir con nuestra tecnología y, potencialmente, con nuestras mentes. Describió cómo la instalación del Monte Hayes era capaz de recibir la telemetría de toda la actividad espacial humana, tanto estadounidense como soviética. Peor aún, afirmó que poseían la capacidad de introducir comandos falsos en nuestros sistemas de emisión.
Price llegó a atribuir fallos inexplicables en las misiones espaciales de ambas superpotencias a esta interferencia directa. Imaginemos la escena: en una sala de control en las entrañas de una montaña de Alaska, seres no humanos monitorizan nuestros mayores logros tecnológicos y, a su antojo, los sabotean. Utilizaban, según Price, equipos de reconocimiento de patrones que clasificaban las señales conocidas y marcaban las desconocidas para su posterior investigación. Era una operación de inteligencia de señales que superaba con creces cualquier cosa que la CIA o la KGB pudieran soñar.
Pero su influencia no se detenía en el hardware. Price describió la tecnología personal de estas entidades. Dibujó diagramas de diademas metálicas utilizadas para transmitir patrones de pensamiento a través de amplificadores. Demostró una comprensión asombrosa de cómo las señales neuronales podrían distribuirse a través de múltiples electrodos en el cráneo. Esto no era ciencia ficción; era una descripción técnica de una interfaz cerebro-computadora o un dispositivo de control mental.
Además, detalló los sistemas de armas integrados en sus naves. Mencionó que la guía láser parecía estar integrada directamente en los lanzadores, sugiriendo un armamento de energía dirigida de una sofisticación inimaginable en los años 70. Los documentos de Price no son el desvarío de un místico; son el informe de campo de un observador metódico que describe una infraestructura tecnológica y militar de origen no humano operando en nuestro planeta.
El Carpetazo: ¿Por Qué se Ocultó la Verdad?
Con esta información sobre la mesa, la narrativa oficial del cierre del Proyecto Stargate por «falta de fiabilidad» se desmorona. ¿Es más plausible que el gobierno de Estados Unidos simplemente abandonara una herramienta de espionaje potencialmente revolucionaria, o que la cerrara en pánico cuando se dio cuenta de lo que sus visores estaban descubriendo?
El ejército quería una herramienta para espiar a los soviéticos. Lo que obtuvieron fue la confirmación de que eran un jugador secundario en un juego mucho más grande que se desarrollaba en su propio patio trasero. Price no solo descubrió la existencia de estas bases; descubrió que el gobierno de Estados Unidos ya era consciente de ellas. El proyecto de visión remota no fue un intento de descubrir a los extraterrestres, sino un intento de utilizar una nueva herramienta de inteligencia que, por accidente, se topó con el secreto mejor guardado del mundo.
Cuando los visores como Pat Price empezaron a abrir canales de información que el estamento militar no podía controlar, la única opción era enterrar el proyecto. Se desclasificó una versión saneada décadas después, presentándolo como un experimento excéntrico de la Guerra Fría, relegando a sus protagonistas a la categoría de charlatanes o fantasiosos. Pero la información ya se había filtrado. El conocimiento de que la mente humana podía trascender sus límites se extendió, y la visión remota comenzó a ser practicada y perfeccionada por civiles, lejos del control gubernamental.
La historia de Price también se alinea de manera escalofriante con otros testimonios que han surgido de las sombras. Pensemos en el relato de Phil Schneider, el ingeniero que afirmó haber participado en un tiroteo contra entidades altas y pálidas en la base subterránea de Dulce, Nuevo México. Las descripciones de los seres, sus capacidades psíquicas y la tecnología involucrada guardan un parecido asombroso con lo que Price vio en el Monte Hayes una década antes. ¿Son piezas del mismo y terrorífico puzle?
El Legado del Monte Hayes y el Mundo Ocupado
Hoy, la anomalía en el Monte Hayes sigue ahí, visible para cualquiera con una conexión a internet. Una silenciosa testigo de una historia que se niega a desaparecer. Los documentos de Price, una vez clasificados como ALTO SECRETO, están disponibles al público, un artefacto histórico que demuestra la seriedad con la que la inteligencia estadounidense se tomó estas revelaciones.
La visión de Pat Price nos deja con una pregunta fundamental y perturbadora: ¿Vivimos en un mundo bajo una sutil ocupación? ¿Somos, como sugiere la transcripción que inspira este artículo, poco más que «ganado» en una granja planetaria, gestionada por inteligencias que nos ven como un recurso o, en el mejor de los casos, como un inconveniente?
Esta perspectiva podría explicar muchas de las incongruencias de nuestro tiempo. La supresión de tecnologías energéticas avanzadas, los vaivenes inexplicables de la política global, y el actual y orquestado proceso de «divulgación» OVNI. Quizás los gobiernos no nos están revelando una verdad nueva, sino que nos están preparando lentamente, con una narrativa controlada, para aceptar una realidad que ellos conocen desde hace décadas. Nos están ofreciendo uno de los nueve canales de la televisión, como decía la metáfora, cuando la verdad abarca todo el espectro de la realidad.
La macroverdad, la que Pat Price vislumbró con una claridad escalofriante, es que nunca hemos estado solos. Pero esta no es una verdad reconfortante sobre hermanos estelares que vienen a guiarnos. Es una verdad compleja, llena de facciones, agendas ocultas y conflictos que se libran en las sombras de nuestro mundo. Hay entidades positivas y negativas, y la humanidad está atrapada en medio de una lucha de poder cósmica.
El Monte Hayes sigue en silencio, cubierto de nieve y misterio. Puede que nunca sepamos con certeza qué se esconde bajo sus laderas. Pero la historia de Pat Price y el Proyecto 8200 nos sirve como un poderoso recordatorio de que la realidad es a menudo mucho más extraña y compleja de lo que nos atrevemos a imaginar. La verdad no solo está ahí fuera; a veces, está enterrada bajo nuestros propios pies, esperando a que una mente valiente se atreva a mirar. La cicatriz en la montaña de Alaska no es solo una curiosidad geológica; es una invitación a cuestionarlo todo.