
La búsqueda más urgente del FBI: Niña de 9 años desaparece al salir de la escuela
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La Sombra en los Redlands: El Desgarrador Misterio de Jimmy Rice
Bienvenidos a Blogmisterio. Hoy nos adentramos en una historia que congela la sangre, un caso que demuestra cómo el mal puede acechar en los lugares más insospechados, oculto a plena vista. Viajaremos a la tranquila comunidad agrícola de los Redlands en Miami, un lugar que la mayoría no asocia con la vibrante y bulliciosa metrópolis de Florida. Es un rincón rural, un paraíso de campos abiertos y oportunidades para que los niños crezcan libres, lejos de los peligros de la ciudad. Pero fue aquí, en este idílico escenario, donde una tarde de septiembre de 1995, la oscuridad descendió y se tragó la inocencia de una familia para siempre. Esta es la historia de Jimmy Rice, un niño de nueve años cuya desaparición movilizó al FBI y desveló un horror inimaginable.
Un Lunes Roto
Era el 11 de septiembre de 1995. El sol de la tarde caía sobre los Redlands, bañando el paisaje con su cálida luz. Alrededor de las tres de la tarde, el autobús escolar amarillo se detuvo en su parada habitual. De él descendió Jimmy Rice, un niño de nueve años con una vida llena de promesas. Le encantaban los deportes, la escuela y la música. Era un buen estudiante, un buen hijo, el tipo de niño en el que se podía confiar plenamente. Si Jimmy decía que iba a estar en un lugar, allí estaría.
El trayecto desde la parada del autobús hasta su casa era corto, apenas uno o dos minutos a pie. Su hogar era la cuarta casa desde la intersección, un refugio seguro al final de un breve paseo. Normalmente, su madre, Claudine, lo recibía con una sonrisa, listo para su lección de piano de los lunes. Pero aquel día era diferente. Sus padres, Don y Claudine Rice, ambos abogados de prestigio, estaban fuera de la ciudad en un viaje que combinaba negocios y la celebración de un cumpleaños. En su lugar, el vecino de 18 años, Fred, estaba a cargo de cuidar de Jimmy.
A varios cientos de kilómetros al norte, en una habitación de hotel, la tarde de Don Rice se hizo añicos. Entró y encontró a su esposa, Claudine, sumida en un estado de pánico. Con los ojos llenos de lágrimas y la voz temblorosa, le explicó que había llamado a casa. Jimmy no había llegado para su clase de piano. No solo eso, nadie sabía dónde estaba. El peor sentimiento del mundo, así lo describiría Don más tarde, una punzada helada de terror que se instala en el estómago y no te abandona. Supo en ese instante que algo iba terriblemente mal.
La mente de los padres se aceleró, buscando explicaciones lógicas en medio del caos. Don llamó de nuevo a casa y habló con su hijo mayor, Ted. Le pidió que buscara por el vecindario, que comprobara las casas de los amigos de Jimmy. Quizás, en un despiste infantil, había olvidado la lección y se había ido a jugar. Era una esperanza frágil, un clavo ardiendo al que se aferraban mientras el miedo crecía. Pero la búsqueda de Ted fue infructuosa. Jimmy no estaba en ninguna parte. Una llamada a su escuela solo sirvió para confirmar sus temores: Jimmy había subido al autobús escolar esa tarde. Se había bajado en su parada. Y después, se había desvanecido.
Sin perder un segundo, los Rice hicieron las maletas, abandonaron el hotel y emprendieron el viaje de dos horas y media de vuelta a casa. Mientras su coche devoraba el asfalto de la autopista de Florida, Don llamó a la policía de Miami-Dade. La unidad de personas desaparecidas fue alertada. Durante el trayecto, intentaron aferrarse a la posibilidad de un desenlace inocente, una travesura, un malentendido. Pero en el fondo de sus corazones, una sospecha más oscura comenzaba a tomar forma. Vivían en una casa bonita, en un buen barrio. Eran una familia acomodada. Tal vez alguien había visto en su hijo una oportunidad para la extorsión. La idea de un secuestro por rescate, aunque aterradora, era la única explicación que sus mentes podían concebir en ese momento. Era la peor sensación del mundo, la impotencia de no saber dónde está tu hijo, especialmente un niño tan responsable como Jimmy. Algo estaba gravemente, terriblemente mal.
El FBI Entra en Escena
Cuando los Rice llegaron a su casa vallada, la escena era un torbellino de actividad policial. Un helicóptero sobrevolaba la zona, sus aspas cortando el aire nocturno. El detective Juan Murius, de la unidad de personas desaparecidas, lideraba la búsqueda sobre el terreno. Para la policía, la desaparición de un niño es la máxima prioridad, un código rojo que moviliza todos los recursos disponibles.
Los investigadores interrogaron a la niñera, Fred. Obtuvieron una descripción de la ropa que Jimmy llevaba ese día: zapatillas blancas, pantalones cortos de jean, una camiseta blanca y una mochila marrón y verde con el fondo de gamuza. Fred les contó un detalle revelador sobre esa misma mañana. Jimmy se había levantado tarde y había perdido el autobús. Fred había conseguido que su novia lo llevara a la escuela, pero el pequeño Jimmy, un niño bien instruido en no hablar con extraños, se negó a subir al coche con ella hasta que Fred le aseguró que estaba bien. Este detalle pintaba la imagen de un niño cauteloso, no de uno que se iría voluntariamente con un desconocido.
La búsqueda se extendió en un radio de más de tres kilómetros a ambos lados de la casa de los Rice, pero no arrojó ninguna pista. A medida que la noche avanzaba, el detective Murius mantenía una pizca de optimismo profesional. En muchos de estos casos, explicó, los niños aparecen al día siguiente en casa de un amigo, habiendo pasado la noche fuera sin el permiso de sus padres. Pero Don y Claudine no compartían esa esperanza. Enfermos de preocupación, pasaron la noche en vela, registrando cada rincón de su propiedad. Miraron en los maleteros de los coches, en los cubos de basura, en cualquier lugar donde un niño pudiera haberse escondido. Apenas durmieron.
El martes llegó y se fue sin noticias. Para el miércoles 13 de septiembre, Jimmy llevaba desaparecido casi 48 horas. La teoría del niño fugado o escondido en casa de un amigo se había desvanecido por completo. Los investigadores estaban ahora convencidos de que se enfrentaban a un secuestro. La policía de Miami-Dade, superada por la situación, tomó una decisión crucial: solicitar la ayuda de los mayores expertos del mundo en secuestros de niños, el FBI.
La entrada del Buró Federal de Investigaciones marcó un punto de inflexión. El agente especial Rick Lun se puso al frente, consciente de que el tiempo era su peor enemigo. Las estadísticas eran sombrías. La ventana de 24 a 48 horas es crítica en los casos de secuestro infantil; es el período en el que hay más probabilidades de encontrar al niño con vida. Para el agente Lun, el caso era también profundamente personal. Tenía un hijo de diez años y vivía a pocos kilómetros de la residencia de los Rice. La tragedia le golpeó de cerca, recordándole que algo así podía ocurrirle a cualquiera.
El primer paso del FBI fue construir una «victimología» completa de Jimmy Rice. Necesitaban saberlo todo sobre él. Entrevistaron a familiares y amigos, registraron su habitación, buscando cualquier pista que pudiera explicar su desaparición. El retrato que surgió fue el de un niño normal y feliz, un hijo querido en una familia aparentemente perfecta.
Sin embargo, el agente especial Wayne Russell, un veterano con doce años en el FBI, sabía que las apariencias pueden engañar. El hogar, por desgracia, puede ser un lugar muy peligroso para un niño. Al entrar en la casa de los Rice, no sabía si estaba entrando en el hogar de una víctima o en la escena de un crimen. La investigación, por tanto, debía seguir un protocolo estricto: empezar por el círculo más íntimo. En un caso como este, nadie puede ser descartado como sospechoso, ni siquiera los amigos y familiares más cercanos.
El Círculo de Sospechosos
Con el reloj en contra, la presión sobre los agentes era inmensa. Estos casos golpean de una manera diferente. La inocencia de un niño es algo sagrado, y cuando se viola, los investigadores lo toman como algo personal, trabajando con una ferocidad y una dedicación redobladas.
La primera y más dolorosa tarea era investigar a la propia familia. El agente Russell se sentó con Don y Claudine Rice. Sus preguntas eran directas y difíciles. Les preguntó si habían discutido con Jimmy, si había alguna razón para que él estuviera enfadado con ellos, explorando la posibilidad de que hubiera huido. Russell buscaba el catalizador, el evento que había precipitado la desaparición de Jimmy, ya fuera algo interno de la familia o una amenaza externa.
Durante el interrogatorio, se supo que Don tenía dos hijos de un matrimonio anterior. Él y Claudine se habían casado más tarde en la vida y el nacimiento de Jimmy había sido una sorpresa maravillosa y bienvenida. Parecían ser padres amables y cariñosos. Aceptaron someterse a una prueba de polígrafo, y los resultados confirmaron que decían la verdad. Jimmy no se había escapado; su vida familiar era feliz y estable.
La investigación se centró entonces en la profesión de los padres. Como abogados, podrían haber generado enemigos a lo largo de sus carreras. ¿Podría ser una venganza por un litigio perdido? ¿Un cliente descontento? La teoría del secuestro por rescate, que los propios padres habían considerado, seguía siendo una posibilidad plausible. Los Rice eran figuras prominentes en la comunidad, vivían bien, y esto los convertía en un objetivo potencial. Los agentes intervinieron los teléfonos de la casa, esperando una llamada de rescate que nunca llegaría.
A continuación, examinaron a las últimas personas que vieron a Jimmy. La niñera, Fred, admitió haber llegado tarde a casa esa tarde, pero su coartada, que había estado haciendo compras para la cena, fue verificada. El hermanastro de Jimmy, Ted, también fue interrogado y su coartada resultó ser sólida. El círculo más cercano a Jimmy había sido despejado de toda sospecha.
La investigación se expandió como ondas en un estanque. El agente Russell entrevistó a la conductora del autobús escolar, esperando que hubiera notado algo inusual, un coche extraño, la matrícula de un vehículo sospechoso. Pero ella no recordaba nada fuera de lo común. Simplemente dejó a Jimmy en su parada y él se alejó caminando, como cualquier otro día.
Los detectives volvieron a la calle donde Jimmy fue visto por última vez y comenzaron a llamar a todas las puertas, interrogando a los vecinos. Finalmente, encontraron algo. Un vecino admitió que no tenía una buena relación con el niño de nueve años. Contó a los agentes que Jimmy le había tirado una piedra y le había roto una ventana. Cuando los investigadores presionaron para obtener más detalles, el hombre se puso a la defensiva, declarando que ya había terminado de hablar con ellos y negándose a revelar dónde se encontraba en el momento de la desaparición de Jimmy. Su negativa a someterse a una prueba de polígrafo rutinaria levantó aún más sospechas. La policía estableció una vigilancia sobre él, observando cada uno de sus movimientos.
Mientras tanto, Don y Claudine se aferraban a la esperanza. No había ninguna evidencia de que su hijo estuviera muerto, y eso era razón suficiente para creer que seguía vivo. La comunidad se volcó en la búsqueda. Voluntarios organizados por las autoridades peinaron las áreas cercanas, mientras la policía buscaba por tierra y aire. Se distribuyeron miles de volantes con la cara sonriente de Jimmy y un número de teléfono para cualquier pista. Su rostro estaba en todas partes, en los postes de teléfono, en las tiendas, en los tablones de anuncios.
Pero cada día que pasaba sin una llamada de rescate, una sospecha más terrible se afianzaba en la mente de los investigadores. El agente Russell sabía que las probabilidades de encontrar a Jimmy sano y salvo eran mayores si se trataba de un secuestro por dinero. A un secuestrador no le interesaría dañar al niño, ya que perdería su única moneda de cambio. La ausencia de una demanda de rescate apuntaba a un motivo mucho más oscuro y siniestro: un depredador sexual.
Fue un agente del FBI quien se sentó con los padres y les explicó esta horrible posibilidad. Les hablaron de la alarmante cantidad de secuestros que ocurrían en el país y de cómo el motivo más común era de naturaleza sexual. Para los Rice, fue una revelación aterradora, un nuevo nivel de infierno.
Los investigadores consultaron inmediatamente el registro de delincuentes sexuales. Descubrieron que había unos 27 delincuentes registrados viviendo en un radio de diez millas de la casa de los Rice. Comenzaron a investigarlos a todos, uno por uno, contactándolos y entrevistándolos a fondo.
Falsas Pistas y una Visión Oscura
Al final de la primera semana, se celebró una vigilia con velas en un parque cercano. Los Rice aprovecharon la oportunidad para hablar con los medios de comunicación. Les habían dicho que una búsqueda local no sería suficiente, que su hijo podría estar en cualquier parte del país. Su misión se convirtió en hacer que la historia y la foto de Jimmy llegaran a todos los rincones de Estados Unidos.
En este esfuerzo, se toparon con un obstáculo burocrático increíble: era ilegal colocar fotos de niños desaparecidos en edificios federales. Indignados, los Rice no se quedaron de brazos cruzados. Presionaron al gobernador de Florida y al presidente Bill Clinton para cambiar la ley, mientras voluntarios recogían firmas en su propia casa para enviarlas a la Casa Blanca.
La familia ofreció una recompensa de 100.000 dólares si Jimmy era devuelto antes de su décimo cumpleaños, el 26 de septiembre. Estaban dispuestos a vender todo lo que tenían para recuperar a su hijo. La recompensa desató una tormenta de llamadas. Algunas eran pistas legítimas, como ciudadanos que afirmaban haber visto la mochila de Jimmy al borde de una carretera. Los agentes acudían, pero siempre resultaba ser una falsa alarma.
Entre el torrente de información, una llamada destacó por su naturaleza inusual. Anna Arisaga, una psíquica que vivía cerca de los Rice, se puso en contacto con la policía. Había oído hablar del caso y tenía un presentimiento aterrador sobre el paradero del niño. Tuvo una visión, explicó. Vio a Jimmy enterrado bajo árboles, más de un árbol. También vio contenedores negros. No tenía una dirección ni un lugar específico, solo fragmentos de una imagen macabra. En ese momento, sintió que el niño estaba muerto. Los investigadores tomaron nota de su información, una más entre los cientos de pistas que estaban siguiendo diligentemente.
El décimo cumpleaños de Jimmy llegó y se fue sin rastro de él. Los Rice le organizaron una fiesta, invitaron a los medios de comunicación y abrieron sus regalos frente a las cámaras. Fue un acto de esperanza y desafío. Pero cuando los periodistas se fueron y el bullicio se calmó, la casa quedó sumida en un silencio abrumador. Se sentaron allí, sintiendo el vacío, sin saber si volverían a ver a su hijo.
El 4 de octubre, casi tres semanas después de la desaparición, una llamada al 911 pareció cambiarlo todo. Un testigo anónimo afirmó haber visto a Jimmy en un coche a más de tres horas de distancia, en Key West. El vehículo era un Camaro de color imprimación, conducido por un hombre blanco. El testigo estaba seguro de que el niño en el asiento del copiloto era Jimmy Rice. Los detectives se apresuraron a localizar el Camaro. Lo encontraron, y con él a un niño que se parecía a Jimmy. Pero no era él. Otra esperanza se desvanecía.
La vigilancia sobre el vecino sospechoso continuaba. Después de varias entrevistas, finalmente cooperó y reveló su sorprendente coartada: en el momento de la desaparición de Jimmy, estaba en casa de uno de los propios policías de la investigación. La historia fue confirmada, dejando a los investigadores perplejos por qué había tardado tanto en decirlo.
Las probabilidades de encontrar a Jimmy, vivo o muerto, disminuían cada día. Sin embargo, los agentes del FBI no se rindieron. No iban a dejar de buscar. Era solo cuestión de tiempo; encontrarían a Jimmy de una forma u otra.
Continuaron revisando las coartadas de cada delincuente sexual conocido en la zona. Uno en particular, un repartidor de pan, despertó sus sospechas. Este individuo había sido arrestado previamente por exhibicionismo frente a uno de los mejores amigos de Jimmy, a menos de medio kilómetro de la casa de los Rice. Era un claro peligro para la comunidad. Los investigadores lo pusieron bajo estrecha vigilancia y se prepararon para interrogarlo.
El 1 de noviembre, 51 días después de que Jimmy se desvaneciera, llegó otra pista prometedora. Una oficial de policía de Clearwater, Florida, afirmó haber visto a Jimmy Rice en un restaurante. La credibilidad de la fuente hizo que el FBI la considerara una pista muy viable. La oficial describió a un niño que se parecía a Jimmy acompañado por dos hombres y una mujer. El niño parecía intimidado, la situación era extraña e incómoda. Observó cómo el grupo se subía a una furgoneta con inscripciones religiosas y se marchaba. ¿Podría Jimmy seguir vivo?
Agentes del FBI y detectives locales corrieron a la escena. Localizaron la furgoneta en la entrada de una casa cercana. Llamaron a la puerta. Un hombre que se identificó como un reverendo les abrió y les presentó a su hijo. El niño se parecía a Jimmy, pero de nuevo, no era él. Era otro callejón sin salida.
A principios de diciembre, mientras los agentes se centraban en el repartidor de pan como su principal persona de interés, los Rice salieron de Miami por primera vez en meses para participar en un programa de televisión nacional. Viajaron más de 2000 kilómetros, con la esperanza de que la exposición mediática ayudara a encontrar a su hijo. No podían saber que la verdad sobre lo que le había ocurrido a Jimmy estaba a punto de ser descubierta, no en un lugar lejano, sino a la vuelta de la esquina de su propia casa.
La Pieza Clave Inesperada
A unos once kilómetros de la casa de los Rice, una mujer llamada Susan Shinehouse se dio cuenta de que le faltaban un par de pendientes caros. Quería regalárselos a la novia de su hijo, pero cuando fue a buscarlos, habían desaparecido. También descubrió que faltaba una pistola calibre 38 de su cajón. Preocupada, el 6 de diciembre, decidió visitar a una psíquica para pedirle consejo. Esa psíquica era Anna Arisaga.
Anna se sentó con Susan y extendió sus cartas del tarot. Inmediatamente percibió la angustia de Susan. Le dijo que estaba buscando algo, varios objetos. Sintió que faltaba algo brillante, quizás joyas. Le dijo a Susan que los objetos estaban en un remolque en su propiedad. Pero entonces, la lectura tomó un giro siniestro. Anna sintió una urgencia abrumadora. Era muy importante que Susan fuera a ese remolque. Había algo más que debía encontrar allí.
El remolque en la propiedad de Susan estaba ocupado por Juan Carlos Chávez, un hombre de 28 años de origen cubano. Chávez había trabajado en el rancho de Susan durante el último año a cambio de alojamiento gratuito. Susan confiaba plenamente en él. Tenía acceso a su casa, que nunca estaba cerrada con llave. Nunca había tenido un problema con él. Le costaba creer que Chávez le hubiera robado, pero la advertencia de la psíquica era demasiado fuerte para ignorarla.
Susan organizó un plan. Hizo que su padre se llevara a Chávez fuera de la propiedad durante todo el día y contrató a un cerrajero para que abriera la puerta del remolque. Una vez dentro, sus peores temores se confirmaron. Encontró su pistola desaparecida sobre una mesa, y también sus pendientes. Y entonces, en un armario, encontró algo más, algo que no tenía sentido: la mochila de un niño.
Confundida, corrió a buscar a su hijo. Le pidió que entrara en el remolque y mirara la mochila, porque algo en ella le parecía extraño. Su hijo sacó un libro de texto de la bolsa. En la cubierta interior, escrita con caligrafía infantil, había un nombre: Jimmy Rice. Lo que siguió fue un grito horrible, un alarido de puro terror que resonó en toda la propiedad. Era su hijo, gritando una y otra vez que era la mochila de Jimmy Rice.
Como todos en su comunidad, Susan sabía perfectamente quién era Jimmy Rice. Inmediatamente, llamó al FBI. La llamada de Susan Shinehouse, gritando y llorando al teléfono, fue la pieza que los investigadores habían estado esperando durante tres meses. Un agente intentaba calmarla para obtener su dirección, pero ella estaba demasiado alterada. En ese momento, el instinto del agente le dijo que estaban sobre la pista correcta. La persona que guardaba esa mochila tenía que estar involucrada.
Susan estaba aterrorizada de que Chávez regresara antes de que llegaran los agentes. Estaba con su padre, y el miedo por la seguridad de ambos la paralizó. Pero el FBI llegó en cuestión de minutos. Entraron en el remolque y buscaron a Jimmy. No había rastro del niño, pero las pruebas eran abrumadoras. La pistola sobre el mostrador, un póster de Jimmy Rice debajo de unos libros, y en el armario, la mochila que lo había empezado todo.
El agente Lun interrogó a Susan sobre Juan Carlos Chávez. Necesitaban saber a quién se enfrentaban. Le preguntó por sus hábitos, sus lugares frecuentes. Susan recordó que Chávez había mostrado un interés especial en el caso de Jimmy Rice, incluso había llevado a casa algunos de los volantes de persona desaparecida. Pero luego recordó algo mucho más alarmante. Aproximadamente en la misma época en que Jimmy desapareció, Chávez había quitado la alfombra y el acolchado del suelo de su camioneta, lo había limpiado a fondo y luego había pintado toda la base metálica. Un hombre que nunca limpiaba nada, de repente, había desmantelado y desinfectado su vehículo.
Los agentes estaban convencidos: Juan Carlos Chávez podía llevarlos hasta Jimmy. Pero primero, tenían que atraparlo. El tiempo se agotaba. Tenían que actuar rápido, de forma segura y descubrir dónde estaba el niño. El presentimiento en el aire era pesado y trágico.
El Desenlace
La granja de Susan Shinehouse se convirtió en el escenario de una tensa operación encubierta. Agentes del FBI y la policía local escondieron sus vehículos, esperando el regreso de Chávez. Alrededor de las 6:30 de la tarde, su camioneta apareció. Se detuvo, puso el vehículo en punto muerto, y antes de que pudiera reaccionar, las puertas se abrieron y fue sacado a la fuerza, inmovilizado y cacheado en busca de armas. Chávez se mantuvo inquietantemente tranquilo durante todo el proceso.
Fue llevado a la comisaría para ser interrogado. Ese mismo día, Don y Claudine Rice regresaban de su aparición televisiva en Chicago. Se sorprendieron al encontrar a la prensa esperándolos en su puerta. Una periodista les preguntó qué pensaban sobre el hallazgo de la mochila. Los Rice no entendían de qué estaba hablando. Fue así, a través de una reportera, como se enteraron por primera vez de la existencia de Juan Carlos Chávez.
En la sala de interrogatorios, los detectives le preguntaron a Chávez por qué tenía la mochila de Jimmy. Tenía una explicación aparentemente inocente. Afirmó que un día Jimmy había estado en la granja alimentando a los caballos, que había olvidado su mochila y que él simplemente la había guardado para custodiarla. Los detectives no le creyeron.
Mientras tanto, en el rancho, el agente Lun recorría la propiedad con Susan, buscando cualquier cosa fuera de lo normal. En una zona, vio tres maceteros de cemento muy grandes que desentonaban por completo con el entorno. Le molestaron, no encajaban. Eran similares a los contenedores negros que la psíquica Anna Arisaga había visto en su visión.
El agente Lun notó un olor distintivo, un hedor a descomposición. Vio los cadáveres de varios perros esparcidos por la propiedad, especialmente alrededor de los maceteros de cemento. Se trajeron perros rastreadores de cadáveres, pero, para sorpresa de todos, no encontraron restos humanos.
En la comisaría, los investigadores estaban seguros de que Chávez sabía más de lo que decía. Un polígrafo confirmó sus sospechas. Cuando le preguntaron si tuvo algo que ver con la desaparición de Jimmy Rice, su respuesta fue no. Cuando le repitieron la pregunta, su respuesta fue la misma. Falló ambas preguntas estrepitosamente.
Después de horas de interrogatorio, Chávez comenzó a resquebrajarse. Admitió algo terrible: había matado a Jimmy, pero afirmó que fue un accidente. Contó que una tarde, al anochecer, estaba cerrando unas vallas y no se dio cuenta de que Jimmy estaba detrás de su camioneta. Dijo que el vehículo se deslizó en reversa, aplastando al niño contra la valla.
Los investigadores se apresuraron a la granja para verificar su historia. Un experto en homicidios de tráfico tomó las medidas de la altura de Jimmy, las comparó con la altura de la valla y el parachoques de la camioneta. No coincidían. Chávez estaba jugando con ellos, un macabro partido de ajedrez. Los agentes sabían que se enfrentaban a alguien súper inteligente y astuto.
Finalmente, casi 50 horas después de comenzar el interrogatorio, Chávez hizo una petición inusual. Preguntó si podía tomar un poco de leche. Para uno de los interrogadores, fue la señal definitiva. La acidez estomacal, el estrés delatando al cuerpo. Sabía que se había acabado.
Chávez finalmente reveló la verdad, y era más horrible de lo que nadie podría haber imaginado.
El 11 de septiembre, Chávez vio a un grupo de niños nadando en ropa interior en un canal. La escena lo excitó y salió a merodear. Vio a Jimmy caminando hacia su casa. Se detuvo frente a él, apuntándole con la pistola robada de Susan. Con una frialdad que helaba la sangre, el hombre de casi dos metros de altura le preguntó al pequeño si quería morir ese día. Cuando Jimmy dijo que no, Chávez lo obligó a subir a la camioneta y lo llevó a su remolque en la granja, donde lo agredió sexualmente.
Más tarde ese día, Chávez escuchó los helicópteros de la policía sobrevolando la zona. Se distrajo por un momento, y Jimmy intentó escapar. Corrió hacia la puerta del remolque. Chávez le disparó por la espalda, alcanzándolo justo por encima de la caja torácica. Sostuvo a Jimmy en sus brazos mientras el niño daba su último aliento.
Durante tres días, guardó el cuerpo en una furgoneta abandonada. Luego, lo desmembró, colocó las partes en los tres maceteros de plástico y los llenó de cemento. Mató a algunos de los perros de Susan para enmascarar el olor y desmanteló su camioneta para eliminar cualquier evidencia de su crimen.
El FBI confiscó los maceteros y, en su interior, encontraron el cuerpo de un niño. Los registros dentales confirmaron la peor de las noticias: era Jimmy Rice. La tarea de recuperar los restos de un niño que había sido secuestrado, violado, asesinado, desmembrado y encerrado en cemento fue una experiencia para la que ningún entrenamiento podría preparar a los agentes. Fue una imagen que los marcaría por el resto de sus vidas.
Los agentes dieron la noticia a la familia Rice. Sentados juntos, les dijeron que habían encontrado los restos de un niño y que habían sido identificados como los de su hijo.
A pesar de su dolor insondable, la familia Rice decidió dirigirse al público en una conferencia de prensa. Habían pedido ayuda a tanta gente durante tanto tiempo que sentían la necesidad de agradecerles. Querían establecer el tono adecuado para la noticia, que se recordara a Jimmy de una manera positiva. Cuando los reporteros apagaron sus cámaras, muchos de ellos rompieron a llorar.
Juan Carlos Chávez fue a juicio en 1998. Se retractó de su confesión y se declaró inocente. El jurado no le creyó. Fue declarado culpable de secuestro, agresión sexual y asesinato en primer grado, y sentenciado a muerte. Los investigadores creen que Chávez podría haber matado a otros niños. Si no hubiera sido atrapado en este caso, sin duda lo habría vuelto a hacer.
La tragedia de Jimmy Rice dejó un legado duradero. Don y Claudine Rice estuvieron al lado del presidente Bill Clinton cuando firmó una orden ejecutiva que legalizaba la publicación de fotos de niños desaparecidos en edificios y parques federales. También crearon una organización para capacitar a las fuerzas del orden en el manejo de secuestros de niños, decididos a asegurarse de que ningún otro niño tuviera que pasar por el infierno que sufrió su hijo.
Pero la prueba cobró su precio. En 2009, Claudine Rice murió a la edad de 66 años. Según su esposo Don, murió de un ataque al corazón provocado por el dolor, tanto como si el asesino le hubiera disparado a ella misma. Hoy, Don encuentra consuelo en saber que su esposa y su hijo están juntos de nuevo, y que algún día, él descansará a su lado. La sombra que cayó sobre los Redlands aquel día de septiembre nunca se disipará del todo, un sombrío recordatorio de la fragilidad de la inocencia y del mal que a veces se esconde donde menos lo esperamos.